Los bosques y el cambio climático en el protocolo de Kioto

En el protocolo de Kioto del Convenio contra el Cambio Climático, una de las alternativas para la reducción neta del dióxido de carbono en la atmósfera
es la reforestación.

En los últimos 200 años de actividad industrial hemos incrementado en un 50% la concentración atmosférica en gases de efecto invernadero. Los niveles actuales de dióxido de carbono (CO2 ) en el aire —372 partes por millón— son más altos que en cualquier período de los últimos 420.000 años. Prácticamente ningún experto duda de que el incremento de temperatura, de algo más de medio grado de la superficie de la Tierra, es debido, a la actividad humana, igual que la subida de 20 centímetros del nivel medio del océano. Los hielos del Ártico se han reducido en un 40% en las últimas décadas, y prácticamente todos los glaciares están en recesión. Esta lista incompleta de valores medidos de ciertos parámetros indican que el estado del clima por desgracia hasta ahora no ha tenido una tendencia positiva, aunque, tras la entrada en vigor, por fin, del protocolo de Kioto, el 16 de febrero de 2005, las cosas pueden variar. El protocolo de Kioto, nacido en 1997 de una intensa negociación, es actualmente la única herramienta contra el cambio climático. En concreto, lo que se acordó en Kioto, es una reducción de las emisiones en un 5,2% para 2008-2012 respecto al nivel de 1990. Pero no todos los países tienen las mismas obligaciones. Dado que el problema del calentamiento global del planeta que está provocando un aumento de las temperaturas medias se dispara por el crecimiento de las emisiones generadas en el último siglo y medio, durante la industrialización, y teniendo en cuenta que son los países más desarrollados los causantes, se reconoció en Kioto la denominada responsabilidad histórica. Por ello los países desarrollados son los primeros que deben reducir sus emisiones y los en vías de desarrollo carecen, de momento, de compromisos cuantificados. Así, los gigantes en desarrollo, sobre todo China, India y Brasil, con previsiones de un crecimiento económico acelerado y un aumento paralelo de emisiones, están por ahora exentos de porcentajes fijos de contención de las mismas. Este es uno de los puntos que ha esgrimido con más fuerza la Administración de Bush para rechazar el acuerdo y su ratificación. El protocolo especifica que 39 países desarrollados tienen que cumplir objetivos cuantificables de control de emisiones, y ese 5,2% de reducción es la combinación de los mismos. EE.UU. tiene asignado un 7% de reducción, aunque no está dispuesto por el momento a cumplirlo; Japón, un 6%, los quince estados de la UE, un 8% (aunque luego se reparten la carga contaminante); y Rusia tiene que quedarse en su mismo nivel de 1990. El Estado Español, que, según los acuerdos para cumplir con el protocolo de Kioto no puede superar un aumento del 15% de sus emisiones de 1990 para el plazo de 2008-2012, está ya en el 40% de incremento, siendo el estado de la UE que más se aleja de sus compromisos. En el caso de la Comunidad Autónoma del País Vasco, las emisiones están por debajo de la media estatal, habiendo aumentado entre 1990 y 2003 las emisiones en un 28%.
EL PAPEL DE LOS BOSQUES El protocolo de Kioto reconoce el papel de la biomasa, y de los bosques como sumideros de carbono, autorizando a los países firmantes a descontar de su cupo de emisiones la fijación de éstos que se derive de actividades agrícolas y forestales. Fue en la Cumbre del Clima celebrada en Marrakech en 2001, cuando se marcaron las directrices y los límites respecto a las actividades citadas. Concretamente, entre las medidas de posible aplicación para el cumplimiento de los compromisos adquiridos se propusieron la forestación de las zonas forestales o de aprovechamientos marginales desprovistas de arbolado, la gestión forestal sostenible basada en una correcta ordenación de los montes, el aumento de los productos forestales de calidad, y la sustitución de los combustibles fósiles por otras fuentes de energías renovables, entre las que cabe destacar la biomasa. Por el momento, todavía en el caso de la Comunidad Autónoma del País Vasco, y podríamos referirnos al conjunto de los estados de la Unión Europea, no se ha analizado el balance como sumideros de carbono que tienen nuestros bosques. Sin duda, nuestros bosques pueden ser un elemento importante para conseguir alcanzar los objetivos de Kioto, además de otros aspectos ya citados en otras ocasiones como el papel que juegan como proveedores de riqueza y de calidad de vida en un entorno de equilibrio medioambiental.
EL CICLO DEL CARBÓN
Tanto el dióxido de carbono como el metano son gases de invernadero: atrapan parte del calor del sol cuando se refleja desde el suelo, con lo que se reduce la cantidad que vuelve a escapar al espacio. Ambos son fruto de procesos naturales, y crean un efecto natural, gracias al cual el planeta está unos 35ºC más caliente de media de lo que estaría de no ser así. Ahora, este calentamiento global natural se está viendo complementado por el inducido por las actividades humanas. Durante los últimos 200 años —desde la Revolución Industrial— la cantidad de dióxido de carbono y metano de la atmósfera se ha incrementado notablemente, por la combustión de combustibles fósiles —carbón, petróleo y gas— y como resultado de la agricultura, respectivamente. Incluso un pequeño cambio —unos pocos grados centígrados— en la temperatura media global tendría un inmenso impacto en los patrones climáticos. Sin embargo, la cantidad de dióxido de carbono que inyectamos colectivamente en el aire sólo supone aproximadamente el 10% de la cantidad que se libera por procesos naturales. La razón por la que el efecto invernadero natural no es mucho mayor es que los gases de carbono generados de forma natural también vuelven a ser eliminados por procesos geológicos y biológicos. De esta forma, el ciclo del carbono parte de la atmósfera y llega a ella de forma equilibrada: las fuentes se ven contrarrestadas por los sumideros, con lo que se crea un contenido bajo y estable de carbono en el aire en ausencia de intromisiones humanas. El dióxido de carbono del aire se elimina por la fotosíntesis. Las plantas utilizan la luz solar para convertir el CO2 en las moléculas de carbono contenidas en sus células y tejidos. Sin embargo, el carbono se vuelve a liberar cuando las plantas mueren y se descomponen.

Fuente: SUSTRAI
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